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bareback-i-loveEl sexo desprotegido –rechazo admitido o no del uso del forro/condón en cada contacto sexual– ha dejado de ser un episodio ocasional, un tropiezo o accidente. En algunos casos, se ha vuelto una práctica deliberada, incluso organizada, que ha generado una subcultura específica, la de aquellas personas que tienen sexo sin la barrera protectora del preservativo, una práctica que en los países anglosajones se conoce como barebacking (y nosotros conocemos como “sexo a pelo”).

Algunos científicos proponen una aproximación novedosa, ciertamente provocadora, a una problemática cuya relevancia muchos estudiosos y no pocos militantes gays prefieren a menudo ignorar o subestimar cautelosamente. Se trata, en efecto, de un asunto incómodo en tiempos en que se lucho mucho por el matrimonio gay y la adopción. Cuando se llega a abordar el tema, se prefiere circunscribir la práctica al terreno de la patología, pues analizarla más a fondo podría sugerir una apología indirecta de dicho comportamiento.

Los profesionales de la salud señalan que antes de la llegada de los antirretrovirales de alta eficacia, en 1996, el término de bareback era prácticamente desconocido, aun cuando la práctica existiera. La disminución de un riesgo de muerte a corto plazo por consecuencias del sida hizo, sin embargo, que proliferara la práctica del sexo sin condón, y que dicha práctica abandonara el terreno de la estricta intimidad para socializarse y crear una subcultura específica, con una comunidad claramente identificada y formas de comunicación a través de internet y puntos de encuentro comunitario.

Algunos investigadores de la comunidad científica proponen una exploración del nacimiento y auge de esa socialización del bareback y de la consolidación de su subcultura, a partir de tres fuentes:

  • a) la observación informal participativa (algunos autores hablan en primera persona, se introducen en la comunidad y participan en ella),
  • b) el registro de la pornografía procedente de esa subcultura (aspectos distintivos), y
  • c) el estudio del funcionamiento de los sitios web relacionados con ella.

Algunos autores (nos consta) exploran sitios como este, se adentran en el mundo del ligue en línea, llegando a la conclusión que tienen mucha menos insidencia en la posibilidad de contagio que el encuentro real, contrastándolo con formas de contacto casual, en ambientes urbanos, muy comunes en épocas pasadas (parques, baños, bares, etc). Teniendo en cuenta que muchos de los que levantan “en linea” del 100% llegarán a un contacto real, casi el 15%.

La metodología empleada evita, por principio, la demonización del tema, o la denuncia incluso de evidentes fallas en la educación sexual o en las políticas de prevención del sida. Lo que interesa a casi todos los profesionales, pocos los admiten, es una aproximación desprejuiciada a una práctica de bareback que desafía los lineamientos de la moral social y compromete la aceptación pública de la homosexualidad, legitimando de paso la discriminación y afectando también el financiamiento de campañas de prevención del VIH. ¿Y donde es que cae la media? En el simple hecho casuístico de encontrar en las teteras, bares, parques y demás a muchos hombres que no son exclusivamente gays. Mucha alianza de oro reluciente, resplandece en la oscuridad de un baño.

¿En que concluímos? El barebacker rechaza la normatividad impuesta y asume la transgresión, de paso también el riesgo de enfermedades, al tiempo que construye una subcultura que es a la vez identidad y conducta. Reivindica también la fantasía, denunciando que el discurso profiláctico médico tiene como misión cancelar toda consideración sobre las fantasías, la intimidad e incluso el placer.

Así se observa que existen básicamente tres tipos de barebackers:

  • a) el que no desea transmitir el virus,
  • b) aquél a quien le resulta indiferente hacerlo, y
  • c) el que opta por transmitirlo deliberadamente, constituyendo este último, estadísticamente, una minoría que por lo demás no se esconde.

Lo que se escucha en el consultorio es que por lo general existe en el barebacking una seguridad negociada cuando en una pareja ambos son seronegativos y asumen el compromiso de la fidelidad; o un acuerdo tácito de compartir el riesgo en lo que llama serosorting, cuando los dos miembros de la pareja son seropositivos, y también un posicionamiento estratégico frente al riesgo cuando la pareja es serodiscordante (uno VIH positivo, el otro negativo). En los dos últimos casos existe un cálculo de reducción de posibles daños.

En una relación sexual de riesgo, sin intención deliberada de transmitir el virus, impera, sin embargo, una lógica de auto engaño compartido: el seropositivo razona: si mi compañero no me pide que use forro es que debe ser seropositivo como yo; el seronegativo, por su parte, concluye: si él acepta penetrarme sin preservativo es que debe ser seronegativo como yo. En realidad, la conducta no es tan anómala o infrecuente como pudiera pensarse, pues la gran mayoría de la población practica el bareback al no sentirse realmente en riesgo epidemiológico, y dicha práctica sólo se estigmatiza cuando surge en una comunidad gay considerada de alto riesgo.

“Casi nadie imagina hoy que la vieja máxima del sexo seguro (‘Use condón en cada ocasión’) deba aplicarse en su caso personal, y sí para toda aquella persona cuyo placer parezca menos significativo o legítimo que el propio. El sexo sin condón se ve así a menudo como un privilegio de los normativamente emparejados en esta era del sida. El derecho al bareback parece sólo acompañarse de la monogamia”.