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Varios de mis pacientes son casados o están en vías de estarlo, cuando indago en sus vidas, algunos interponen motivos románticos, pero me he dado cuenta que en la mayoría de los casos, lo que ha determinado la unión es que el cónyuge tenga una buena prepaga.

Así es que cuando pregunto, me doy cuenta que la gente está a veces muy lejos de pormenorizarse sobre los logros y los sinsabores de la estructura interna del matrimonio.

¿Que hace que un matrimonio dure o no? En una sola pregunta nos encontramos con dos.

Se podría contestar lo mismo para ambas: los cambios.

Sentir opresión por el cambio o la falta de cambio; el cuento es el mismo desde el principio de los tiempos. Sin embargo, en algún momento de cualquier relación larga, es posible que cada uno de los miembros de la pareja evolucione y pase de ser la persona de la cual nos enamoramos a alguien distinto. No siempre es a alguien más lindo, más inteligente o más divertido. Cambiamos de escaladores a adictos a la tele, de rebeldes a gerentes, de locos por el sexo a amantes del dormir.

En ocasiones la gente se siente traicionada por estos cambios. Se enamoraron de una persona, y cuando esta ya no les parece conocida, deciden que violó el contrato matrimonial. He comenzado a pensar que quizá el problema no es el cambio en sí, sino nuestra susceptibilidad hacia lo que se ha llamado la ilusión del “final del cuento”.

Somos obras inconclusas, de hecho cuando nacemos nuestro sistema nervioso, aún no se ha terminado de formar, así nos pasa con las relaciones, tenemos energía, para el momento del levante, el garche y la primera cita, pero cuando la cosa se va encausando parece que se “nos baja”, esa pasión que tuvimos en un primer momento. Está científicamente comprobado que el tiempo de enamoramiento completo, máximo en una relación acontece en los dos o tres primeros años. Según se dice por la necesidad de aparear, algo que aparece como registro arcaico por ejemplo en aquellos que conformamos parejas gays, donde la reproducción de la especie no es un fin en si mismo, igualmente nos guiamos con aquél principio primitivo de nuestros hermanos heteros. ¿Como resignificarse cuando la pareja se extiende en los años?

La vida cambia, el cuerpo cambia, el tiempo pasa. Hace poco me encontré por whatsapp con amigos del barrio donde vivía en mi Castelar natal, desde que me fui hace 20 años contadas veces volví, casi todos los familiares que tenia han muerto, o se han mudado. Entonces para mi todo era un recuerdo. Donde mi casa se aparecía como inmensa, la calle donde crecí era larguísima e interminable como las siestas de mi niñez donde teníamos todo el tiempo para hacer “la nuestra”. Ahora cuando se planteó hacer un encuentro fue en la casa de uno de mis amigos que todavía vivía en el barrio, de hecho en la casa que era de sus padres donde moraba en la actualidad con su mujer e hijos. Tuve que desandar las calles de mi niñez y adolescencia volviendo al barrio. Nada era como me lo imaginaba, ni su estado primitivo y despoblado, la calle no me pareció larguísima de hecho la vi bastante corta, algunas casas lucían irreconocibles y la que era mía, un hermoso chalet califormiano de los ’60, luce de otra forma, donde no se le reconoce el estilo, por las reformas que le hicieron y un horrible color azul en el frente. Todo cambió. De hecho yo no soy el que era en esas épocas.

La nostalgia, el combustible de nuestra renuencia al cambio, es un impulso humano natural. Y, sin embargo, estar contento por siempre con un cónyuge o una calle requiere encontrar maneras de estar feliz con distintas versiones de esa persona o ese vecindario.

Un paciente me contaba que hace 20 años que está en pareja y que siempre que iban a comer a la casa de su suegra pasaban por una casa abandonada y se imaginaban viviendo en ella, haciendo fiestas para amigos, por su estado señorial la imaginaban puesta en valor, aggiornada en el tiempo con ellos dentro disfrutándola, era solo una fantasía –dice- con lo que reían en el viaje de ida o de vuelta, confesándose al final inexpertos en esto de vivir en el campo o en una casa fuera de la ciudad, donde el y su pareja se sentían mejor por considerarse hasta ese momento “bichos de ciudad”. Según mi paciente fantaseaban con las peleas que se suscitarían para cortar el pasto porque la propiedad tenía un amplio parque y una gran pileta de natación. Un día en el mismo trayecto pasando por la gran casa vieron un cartel de venta, el jardín tenia el pasto cortado y lucia aún más atrayente.

Llamaron a la inmobiliaria y se asombraron cuando les pasaron un precio totalmente accesible, porque los herederos de la casa querían venderla si o si.

Pablo, mi paciente me contó en sesiones posteriores que nunca se imagino con su pareja preocupado por la compra de bulbos para el parque, o especializándose en gramma bahiana, que les parecían hermosos los cachorros de doberman que tenían en el su nuevo parque y a los que atendían, preguntándose porque no habían tenido un perro antes. Contestándose que tener perros en 44 m2 les parecía maltrato animal. Acá corren por todo el parque y hasta duermen en la casa –cuenta.

Pablo hace una importante confesión: tuve 3 parejas dentro de esta que lleva como 20 años:

  • La primera a los veintes cuando estudiábamos y nuestra casa estaba siempre en desorden con libros sobre la mesa, los platos sin lavar y las sabanas manchadas por todo el sexo que teníamos, de la misma ansiedad cogíamos todo el día!

  • La de los treintas cuando tratábamos de ganar algo de dinero, porque nuestra idea era ahorrar para comprarnos un departamento y el auto. Ese anhelo burgués nos desvelaba y trabajamos mucho para ello, dejando la pasión de lado en muchas oportunidades, pero siempre nos reencontrábamos.

  • Y ahora la de los cuarentas, como propietarios de esta casa que nos da mucha libertad, nos mantiene cerca de mis suegros que están grandes y muchas veces la pasan con nosotros, dejamos de lado la idea de cambiar el departamento, que antes era nuestra casa, siempre. Ahora se transformó en un lugar de paso cuando estamos en Capital y no nos da ganas de volver de noche por la autopista.

Pablo piensa su vida por lustros, siempre lo hace de esa forma, como una forma de no presionarse con el futuro.

Hace poco estábamos en la casa nueva con mi pareja Nestor –cuenta- y se nos metió una ardilla en el comedor, la quería sacar de la casa arriándola con un escobillón pero no daba resultado, el pobre bicho estaba asustado y emitía un chillido agudo que nos estremecía. Hasta que Néstor se aparecio con un bol de plástico que tiro arriba del pobre animal, le paso un cartón por debajo y la llevo hasta unos arbustos donde la liberó. Yo miraba –absorto- toda la escena, una escena que no me podría haber imaginado cinco años antes, (Néstor es cirujano y cuida mucho sus manos) y ahí estábamos novedosos viviendo otra nueva etapa de nuestra vidas, con esto tengo para cinco años más de pareja –dijo.

¿Cómo podemos aceptar que, en términos de nuestro cuerpo (y todo lo demás), lo único inevitable es el cambio? ¿Cuál es la clave para que importe menos el cambio conforme un matrimonio evoluciona, en cosas como la cantidad de relaciones sexuales y si son o no las mejores posibles?