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la mirada gay

La estructura de ese encuentro de miradas es compleja, y entraña un reconocimiento cognoscitivo mutuo de la identidad social (pero no personal); también implica una intención sexual y, a veces, un contrato tácito.”

 

El homosexual, por lo general injuriado, discriminado y afectado desde su primera infancia por la violencia social que le recrimina el ser diferente, aprende a escribir en su rostro sus intenciones y sentimientos. Como bien lo explica Didier Eribon, el formarse y crecer como un “ser aparte”, este sentimiento de ser alguien “aparte”, de “no ser como los demás”, es sin duda determinante en la implantación de la identidad personal, en la construcción de uno mismo. Al citar parte de la obra de Paul Monette, Becoming a Man, Eribon nos dice: “Es toda una estructura psicológica que describe en esas pocas páginas perturbadoras que refieren una especie de fenomenología de la experiencia vivida de los homosexuales (en todo caso de los masculinos), pero que sobretodo relatan de maravilla el modo en que la subjetividad de un homosexual se constituye en un proceso de educación de sí mismo y, mediante la severa autodisciplina que debe imponerse en cada instante, en cada gesto, <<para parecer tan normal como los demás>>.

El efecto a largo plazo de la injuria y del odio (en este caso, de la agresión física contra otro) se inscribe en su cuerpo y actúa por medio del consentimiento que se otorga a la orden del recuerdo, de la sumisión ante la comunicación que contiene el encubrir la propia personalidad y sus deseos, de amoldarse a los cánones. Es la necesidad de <<hacer como si>>, un esfuerzo permanente para que no se transluzcan las propias emociones, los sentimientos, los deseos”.

Eribon retoma el pensamiento de Goffman para explicar la necesidad que tiene un individuo perteneciente a una categoría <<estigmatizada>>, desde el momento en que se empeña en disimular su <<defecto>>, de estar <<siempre atento a la situación social, de escrutar continuamente las eventualidades, volviéndose así ajeno al mundo más simple en el que parecen afincadas las personas que lo rodean>>.

Porque <<surgen sin tregua nuevos peligros que hacen inadecuados los camuflajes antiguos>>.
Este esfuerzo para que nada trasluzca, esta obligación de mentir a los demás, incluso a los más próximos –a la familia, a los padres-, produce una <<tensión intolerable>> que no puede por menos de tener efectos profundos sobre la personalidad individual, sobre la subjetividad.

Goffman insiste en que “el conjunto formado por el “estigma” y por el esfuerzo acumulado para disimularlo o remediarlo se “fija” como una parte de la identidad personal. Eriborn concluye diciendo que habría que añadir; como una parte esencial de la personalidad, como la que da a la identidad su fisonomía tanto interior como exterior.

El dominio que el homosexual aprende a tener de sus impulsos y deseos, controlando sus emociones para que nadie se entere de ellos, hace que se desarrolle un lenguaje que sólo es entendido entre iguales. Goffman al hablar de quienes comparten un estigma en común, pone precisamente el ejemplo del homosexual y señala: “cuando un homosexual aborda a otro, la acción se puede desarrollar de tal modo que los normales no perciben que está ocurriendo algo fuera de lo común”.

Para abundar en su ejemplo Goffman cita parcialmente a  E. Hooker:
“Si observamos con detenimiento y sabemos qué observar en un bar de homosexuales, podremos advertir que aparentemente algunos individuos se comunican entre sí sin intercambiar palabras, sino tan solo miradas.
La estructura de ese encuentro de miradas es compleja, y entraña un reconocimiento cognoscitivo mutuo de la identidad social (pero no personal); también implica una intención sexual y, a veces, un contrato tácito.”