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P1010053Juan y yo nos encontramos en una situación penosa.

Murió nuestra mascota Rocco, un labrador golden que nos acompañaba hace 2 años en todos los aspectos de la vida, ahora me queda claro; es que estaba siempre ahí hasta cuando pensábamos que teníamos la más absoluta de las intimidades, él era parte de la misma. El vacío se vuelve ahora tan intenso que ha quedado al descubierto cuan presente estaba.

Hay veces que en esta vorágine diaria no nos permite visualizar a aquellos que tal vez estuvieron siempre ahí. Y nos puede pasar incluso con personas en el transito cotidiano. Una vecina que no ves más, el verdulero que se mudó, tú mascota que ya no está.

Muchos dicen que las parejas gays asignamos un amor desmedido a las mascotas porque tal vez nunca tengamos hijos. Me he topado con padres que juran tendrían una depresión severa si les pasa algo a sus mascotas o a sus hijos, que son amores, que son diferentes, pero que ante la pérdida ambos son terribles. Lo sufro en carne propia y no hay palabras para explicarlo.

Por último; que enfermos estamos en esta sociedad que alguien puede atropellar a un perro con la certeza del mal que hizo y salir huyendo.

Todavía me sigue llamando la atención que la única ayuda que tuve en ese momento trágico fuera la de un ciruja que dormía bajo un árbol y que dijo ante mi incredulidad: “Flaco en la calle dejan tiradas a personas, ponen primera y se rajan”

El suplió con creces y valor, la mala actitud del fugado conductor.

Rocco descansa en paz y nos hemos quedado con la dulzura del recuerdo y mucho dolor.